febrero 24, 2026

𝑬̼𝒏̼𝒔̼𝒂̼𝒚̼𝒐̼:̼ 𝑵̼𝒐̼ 𝒎̼𝒆̼ 𝒈̼𝒖̼𝒔̼𝒕̼𝒂̼ 𝒑̼𝒆̼𝒏̼𝒔̼𝒂̼𝒓̼ 𝒚̼ 𝒑̼𝒐̼𝒓̼ 𝒆̼𝒔̼𝒐̼ 𝒔̼𝒐̼𝒃̼𝒓̼𝒆̼-̼𝒑̼𝒊̼𝒆̼𝒏̼𝒔̼𝒐̼


No me gusta pensar y por eso sobre-pienso

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Alejandra Villalpando Serrano

Curiosamente, hay cosas que recuerdo muy bien y otras que olvido con extrema facilidad, pero lo raro no es eso, sino que, siendo alguien que olvidó más de la mitad de los libros que leyó en su adolescencia, recuerdo muy bien cómo hace 8 años me obsesione con un tema, la ética, a partir del primer libro de esta índole que leí, al punto en el que cada tanto recuerdo oraciones de dicho libro de forma textual, como cuando estoy viendo mi trigésimocuarto TikTok del día en lugar de terminar mis pendientes, y entonces citó:

“entre todos los saberes posibles existe al menos uno imprescindible: el de que ciertas cosas nos convienen y otras no”*
entonces me siento una alzada por creer que tengo la osadía de dármelas de filósofa por citar a Savater cada tanto, pero vuelvo a esa línea, capítulo primero, página 11 y veo remarcado: ‘ciertas cosas nos convienen y otras no’ y aunque sepa esto de memoria, estoy perdiendo el tiempo en algo que no me conviene, pero claro, ver TikTok por 5 horas no es un pecado mortal, pienso yo. Y aun así cada tanto decido bloquear la aplicación de mi celular, pues no me satisface la idea de perder tiempo con contenido basura, pero aun así lo hago ocasionalmente. Pienso entonces en la conveniencia de las cosas, en el propósito de hacer o no hacer algo, pues, ¿A quién beneficia que yo pierda 5 horas de mi vida viendo videos exageradamente cortos que no me generan ningún bien intelectual-emocional? Y si es que hay alguien beneficiado, ¿por qué yo tendría que joderme por la conveniencia de alguien? ¿Por qué no al revés? ¿Qué no, así funciona la vida? 

La conveniencia me remite a los caprichos, encapricharse por algo, es jodidamente adictivo y placentero, pero más que eso es natural. Recuerdo que a mis 12 añitos, una monja me regaño por decirle que el pecado era natural, que era algo casi biológico—la blasfemia fue mi rasgo más característico en aquellos años—y tras la humillación que recibí, reforcé esa idea, ¿Qué necesidad había de humillarme frente a huercos de entre 11 y 15 años? (ninguna, si me permiten responder) el motivo fue por capricho, la monja que decidió eso, no se resistió a ese impulso de obsesión por humillar, el capricho tal vez es la forma más humana de entender por qué uno hace el mal aunque sepamos que algo “está mal” como cuando tuve una relación a los 16 y conscientemente decidí ver a otras personas porque me negaba a la idea de que uno solo se enamora de una persona, —spoiler: no me gustaba ni mi pareja—esa negación era un capricho, como cuando a los 20 me aferre a terminar una carrera que no me gustaba por intentar demostrar algo que no podía. Todo por capricho. ¿Por qué a uno le gusta la mala vida? Tal vez porque lo bueno y fácil no genera adrenalina. Por eso mismo el encapricharse es biológico.


Lo que definitivamente no es ni un poco natural, es ver cómo funciona el asqueroso algoritmo de TikTok, entonces me enojo y cierro definitivamente la app, la bloqueo y no la abro en semanas, hasta que caigo en el fomo de internet nuevamente. Genuinamente no comprendo cómo uno puede pensar que el mundo es un lugar mejor, que ahora todo mundo está de tu lado, que profesan tus mismas ideologías, si cuando sales a la calle te das cuenta de que esa utopía es meramente una ilusión generada por una inteligencia artificial, meramente para complacerte, porque el algoritmo te va a decir SI. SI. SI. Si a todo. Tú eres dios para el algoritmo, te da la razón, te da la última palabra, te da una sensación de poder y satisfacción imaginaria que, al momento de apagar la pantalla, desaparece. Pues claro, eso alimenta el que uno se obsesione y se vuelva un maldito caprichoso y crees que todo es lógico, que tú eres superior, que eres el centro del mundo, porque eso es conveniente en un mundo en el que tarde o temprano vas a morir y no serás nada. 

Entonces tiene todo el sentido del mundo que por más tareas, trabajos, problemas y preocupaciones que uno tenga, antes de continuar donde deje el último libro de ética que leí, prefiera abrir redes sociales y no ver absolutamente nada al nivel de que el único contenido que recuerdo bien es un edit de mi crush literario favorito del momento, con alguna canción en tendencia de fondo.


Hay ocasiones en las que no alcanzo a comprender a los adolescentes, pero aún peor es cuando recuerdo que soy adulta y es aún peor entender a los adultos. Los adolescentes en realidad no son difíciles de entender: solo están molestos, confundidos, obsesionados, extasiados. Todo es extremo para ellos. El problema es que en la adultez, eso o se apaga o se multiplica. 

La primera vez que di clases, recordé que siempre quise ser profesora, cualquier nivel educativo estaba bien, excepto la preparatoria; Terminé siendo profesora de preparatoria y aún peor, preparatoria para adultos. Y eso confirmó lo que pensaba. En la adultez, ese melodrama de emociones se duplica o reduce. Entonces tienes a un adulto chiquito de 24 añitos tratando de convencer a gente de entre 19 y 80 años que la filosofía es una cosa muy hermosa, pero tú sabes que todos piensan que estás loca. Puede que tengan razón, pero la cuestión radica en que nunca había conocido gente tan terca y caprichosa hasta este momento de mi vida, los adultos creen que el mundo gira a su alrededor. Un adolescente siente que sus problemas son peores que los de alguien más, pero un adulto siente que sus problemas son el fin del mundo. Uno se siente con el pie en la tumba mientras los otros se sienten en el pick de su vida. 


Tal vez solo le tengo envidia a mi yo de hace unos años, pues ella podía hacer cualquier cosa sin tener consecuencias. Ahí está el problema. Los adultos tenemos consecuencias. Consecuencias severas.

Antes rezaba para que mis padres se divorciaran, era una niña, una puberta, yo no tendría ningún problema con aquello. Pero de adulta eso fue diferente, ahora tenía que plantearme ¿Termino mi carrera o me salgo y trabajo para ayudar a mi madre? Le tuve que llorar a mi madre para que me diera 3 años más. Pues yo ya estaba encaprichada y el nivel de mi capricho es peor que cualquiera que pude tener a mis 15 años. Pues como iba yo a dejar la carrera que de verdad quería estudiar, por qué me olvidaría de la tortura que pase a los 22 de dejar mi primera carrera y tomar la decisión de ir por lo que me apasionaba, por qué tendría que dejar de lado mi sueño de tener una maestría y hasta un doctorado, por qué tendría que olvidar mi obsesión con aprender y estudiar, por escribir y sentirme jodidamente inteligente. ¿Por qué tendría que hacer algo tan drástico si no es por mí? 


Tal vez por eso es estúpidamente difícil definir el bien y el mal en el mundo, no importa cuantos libros de ética lea, mi asqueroso ego me dice que no, que todos están mal, menos yo, que el mundo es mío, que yo soy dios, que todo lo que haga me tiene que convencer, pues si hago algo, es por mero capricho y no tiene nada de malo querer ver TikTok en el baño hasta que se me entuma la pierna. Pues hay veces en las que me canso de pensar tanto que siquiera tengo cabeza para pensar en mis problemas y prefiero enfermarme, obsesionarme con algo, ver memes misándricos o edits de personajes ficticios porque qué cansado es pensar una y otra vez en que carajo es aquello que me conviene y que tengo que si y que no hacer. 

Porque es una cosa u otra, y,y,y,y,y….. no termino de quejarme si continuo. Es ahí cuando nuevamente habilitó el TikTok por más contradictorio que esto suene al mantra que Savater me implantó en la cabeza.




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* fragmento de Ética para Amador de Fernando Savater

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